Interview in Vanity Fair España

Hubo un tiempo en que un hombre jamás habría salido de casa sin su sombrero, un detalle del atuendo no menos importante que sus pantalones o zapatos. Profundamente arraigados en el tejido social y cultural, los sombreros han sido siempre un símbolo de clase y ocupación: tenían (y aún conservan) la capacidad de indicar un rango y un lugar social, de definir una profesión e incluso de crear la identidad única de una persona (véase Picasso con su icónico berêt o Jackie Kennedy con sus elegantes pill-box). De aquello hace ya muchos años y hoy llevar sombrero es más una decisión política que práctica: más allá de abrigar o proteger del viento establece una conexión entre una persona y su estilo de vida. Quizá por ello, invertir hoy en un buen sombrero está considerado un acto de bohemia; quizá por ello, también, el oficio de sombrerero se mantiene gracias a algunos -pocos- apasionados de este accesorio. Es la última frontera del lujo artesanal: al fin y al cabo, en la era de la moda rápida, ¿quién lleva sombreros a diario en 2020? ¿Un Casiraghi? ¿Kate Moss? ¿Isabel II?

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